Resumen

En 2019 se cumplieron 100 años del nacimiento del Partido Comunista Mexicano (PCM), esto llevó a una intensa discusión sobre el lugar de aquella ideología política en el transcurso del siglo XX mexicano. Este texto explora algunos de los recovecos más importantes de lo acontecido alrededor del centenario comunista, destacando una operación de relectura de la historia en donde se trazan líneas de continuidad muy específicas. Frente a las categorizaciones de nostalgia o melancolía se elige la de “contra-memoria”, que figura en distintos niveles de la forma en la que se entiende el papel del PCM en México y más allá de él.

Abstract

In 2019 it was 100 years since the birth of the Mexican Communist Party (PCM), this led to an intense discussion about the place of that political ideology in the course of the Mexican 20th century. This text explores some of the most important nooks and crannies of what happened around the Communist centenary, highlighting an operation of rereading history where very specific lines of continuity are drawn. Faced with the categorizations of nostalgia or melancholy, the one of "counter-memory" is chosen, which appears at different levels of the way in which the role of the PCM is understood in Mexico and beyond.

Palabras clave:
    • Comunismo;
    • Partido Comunista;
    • Internacional Comunista.
Keywords:
    • Communism;
    • Communist Party;
    • Communist International.

Introducción

Ninguna de las conmemoraciones que han realizado en torno a las izquierdas comunistas en la región ha alcanzado la dimensión que la que se convocó alrededor del Partido Comunista Mexicano (PCM) en 2019. El PCM nació al calor del impacto de la revolución rusa y del nacimiento de la Internacional Comunista, aunque su posterior desaparición ocurrió con más de un lustro de anticipación al derrumbe del poder del Estado soviético. La celebración de su centenario contrasta con otras experiencias-particularmente su símil chileno aún con vida e influencia- cuyas conmemoraciones no han dejado de realizarse de manera marginal, en el entorno de su limitada militancia. Aprovecharemos esta ocasión para reflexionar sobre el calado de la conmemoración y las diversas formas que esta asumió, en términos intelectuales como políticos. El centenario comunista tomó a la nación mexicana en una situación política inédita, lo cual explica los diversos formatos que tomaron los ejercicios tanto de celebración, como de conmemoración de un cierto legado. Señalo entonces que se instaló una narrativa en la que convergieron tanto antiguos militantes como el nuevo poder público en la que se colocó énfasis en una perspectiva determinada: la lucha por la democracia.

Expondré la reflexión sobre el centenario comunista acudiendo a un conjunto variado de registros, que involucran tanto a los actos encabezados por el gobierno, la de distintos ex militantes, así como los reductos organizativos que reclaman tener un pie dentro de la historia del comunismo histórico. Este cúmulo de registros posibilitó que el centenario comunista se expresara en el discurso público, recalcando el valor histórico de la experiencia, así como de visiones personales y colectivas de quienes hicieron parte de él.

Contrario a lo que se podría pensar -incluyendo el epígrafe de este texto- la conmemoración comunista no fue nostálgica, pues este registro se asocia con claridad a las situaciones en donde el pasado socialista es añorado en alguno de sus componentes vivenciales (Matos Franco, 2018). Tampoco se trata y explicaré adelante del porqué, de una situación típica de lo melancólico, concepto que es útil para pensar historias con una cierta centralidad comunista en la cultura política de las clases subalternas. Más bien, sostengo como hipótesis que nos encontramos ante un ejercicio de “contra-memoria”.

Este concepto fue acuñado en términos de la subjetivación política, pero se podría ampliar a niveles de reflexión colectiva, en la medida en que ella: “concierne también a las ideas, sueños y proyectos que fueron de alguna manera obligados a encontrar un escondite” (Bosteels, 2016, p. 28). La “contra-memoria” que Bosteels apunta, permite pensar la persistencia de un conjunto de proyectos políticos a pesar de la transformación de sus formatos de aparición. ¿En contra de qué memoria se alza este ejercicio? La primera es, justamente, las de la nostalgia o la melancolía. Es decir, se trata de ejercer una “contra-memoria” que permita visualizar en el presente la persistencia de los esfuerzos pasados y acumulados a lo largo de los trayectos de los esfuerzos organizativos. Y, por supuesto, una “contra-memoria” frente al discurso ideológico dominante, que, en el mayor de los casos, considera al comunismo como irrelevante dentro de la configuración socio-política o bien lo criminaliza, como sucede en algunos lugares de Europa central. Así, la noción de “contra-memoria” permite, para el caso que nos interesa aquí, reconstruir los hilos mediante los cuales las herencias de conflictividad y antagonismo del pasado siguen presentes, así como la persistencia de procesos al interior de las coordenadas político-ideológicas de la nación.

De tal forma que haré una reflexión con tres ejes. El primero se refiere al comunismo mexicano como una -entre otras- de las raíces del actual gobierno, el siguiente ofrecerá un campo visual de los estudios sobre el comunismo en tiempos recientes, finalmente, se apuntala porqué se ha denominado “contra-memoria” a lo sucedido en México con respecto a una situación global, en donde una herencia roja fue retomada y colocada, momentáneamente, en el debate público que moviliza a la historia como uno de sus referentes.

La 4T y el comunismo mexicano

En un hecho que sorprende a propios y extraños, el centenario del PCM llegó a las altas esferas del poder político del Estado. En un guiño de simpatía evidente, el presidente Andrés Manuel López Obrador (AMLO) certificó una veta compartida dentro de su gobierno en la decisión de nombrar a Valentín Campa y Arnoldo Martínez Verdugo como “personajes ilustres”. En el 2019 los restos del histórico líder ferrocarrilero fueron trasladados a la “Rotonda de las personas ilustres” en el Panteón de Dolores, acompañada con la correspondiente ceremonia de Estado. Lo mismo sucederá con los restos del último secretario general y principal promotor de la disolución del partido en una formación más amplia a principios de la década de los ochenta.

El acto protocolario en torno a Campa, tuvo como partícipes al propio presidente e integrantes de su gabinete de gobierno. Con anterioridad, el Congreso de Sinaloa decidió colocar en letras de oro el nombre de Martínez Verdugo. El protocolo presidencial certificó la importancia del comunismo en las grandes gestas del pueblo de México, colocándolo a lado de otros pensadores, dirigentes o símbolos de las izquierdas como Jesús Silva Herzog, Diego Rivera o David Alfaro Siqueiros. Sin embargo, a diferencia de estos nombres, el reconocimiento a Campa y Martínez Verdugo se da a partir de su posicionamiento político y no en función de sus actividades culturales e intelectuales.

Más allá de la ceremonia de Estado, el hecho de que los dos últimos dirigentes comunistas de gran calado tuvieran un homenaje de esta magnitud es un signo de los tiempos y de los vínculos del proyecto denominado como la Cuarta Transformación (en adelante 4T) que encabeza Andrés Manuel López Obrador. La aparición de estos personajes en el discurso público remite a plantear la problemática en torno a la caracterización del actual gobierno, es decir, a determinar de qué tipo de proyecto político se trata, y en qué medida comparte un horizonte con experiencias previas. También permite tender los puentes para que la memoria y la historia reciente sean parte del escrutinio público al establecer una línea de continuidad entre diversas trayectorias políticas, que incluyen tanto los antecedentes de la izquierda como su propia diversidad a lo largo de la historia del siglo XX.

Es cierto que entre los analistas políticos no se ha dado un tema más debatido y con menos consenso que el de la caracterización global del gobierno surgido tras el triunfo electoral del primero de julio de 2018. Quizá uno de los que mejor ha respondido a esa interrogante sea el historiador Carlos Illades (2019), quien relaciona al gobierno de México con sus antecedentes en las izquierdas nacionalistas, como el tronco principal de la genealogía, opinión compartida por otros (Hernández, 2020). El gobierno de AMLO, sin embargo, no sólo proviene de las izquierdas nacionalistas, pues comparte una raíz con el comunismo, al menos en dos sentidos. Uno es el ético o de los principios, en el cual el comunismo es una corriente amplia que ha antepuesto los principios antes que los intereses particulares. Este señalamiento quedó bien asentado en el discurso de AMLO en el traslado de los restos de Campa y con anterioridad había sido enunciado en el discurso de cierre de la campaña electoral en 2018. La otra veta relevante es la que une, directamente, al actual gobierno con personajes de antigua militancia comunista. Desde subsecretarios, pasando por diputados o senadores, una parte de la ex militancia comunista hace parte del proyecto de la 4T. Ello ha implicado una operación interpretativa sobre el significado del comunismo en México, la cual es el motivo de este apartado. ¿De qué comunismo estamos hablando en este caso? ¿Cuáles son sus características y sus contenidos? ¿Se trata de una referencia genérica o expresa una concepción particular? Estas preguntas pueden tener varias respuestas tentativas: se trata de un comunismo específico, particular, nacional, es decir, que atiende directamente a las condiciones del país, cuyo contenido principal es la lucha por la democracia como eje fundamental y privilegiado de su concepción política. Es, por supuesto, una especie de excepcionalidad, un comunismo particular. No se trata, en el discurso sostenido por el presidente, de una ideología global, ni de un movimiento que apeló a la subversión de todos los rincones de la vida social. Es, ante todo, una persistencia de la vida política nacional, en el que se anudaron los principios éticos con la lucha por la democracia.

Es preciso señalar que, si bien compartimos en buena medida el análisis de Illades sobre los orígenes y vínculos históricos de la 4T, lo cierto es que también sostenemos una posición propia. Así, consideramos que este proceso político puede ubicarse en el transcurso de los proyectos nacional-populares que han sido una constante en América Latina, al menos en sus iniciativas principales, aunque diste de poseer todas las señas de identidades de estos procesos. En la definición más sugerente, aportada por René Zavaleta (2008) se aludía a que estos procesos establecían “conexión entre […] la democratización y la forma estatal” (p. 9). Es decir, que en un proceso de búsqueda de la igualación social se constituían mediaciones estatales, moldeadas por la presencia de elementos y demandas del abigarrado campo popular. La 4T hace parte de este proyecto en la medida en que, como señala Illades (2019), otorga centralidad a la cuestión social y por tanto a los procesos de búsqueda de la igualdad, al tiempo que compite en el mercado mundial por reconstruir recovecos de soberanía político-económica del Estado. La posibilidad de que esta dimensión doble -interna en una búsqueda de democracia social y externa como proyecto soberanista- es posible a partir de la recuperación y uso del excedente social. En el discurso oficial esta situación es posible a partir del combate a la corrupción, bandera que el actual presidente asumió desde su campaña, señalando lo costoso que resultaba para el Estado la existencia de recovecos en donde el dinero público pasaba a privados. Entre quienes sostienen, en el seno de la sociedad, al actual gobierno, lo que ocurre antes que recortes o adelgazamiento del Estado, como lo han señalado los críticos, no es sino la recuperación de lo común arrebatado por las corruptelas de quienes condujeron el gobierno previamente. Se trata de un horizonte en disputa, en donde la relación entre el excedente social, el Estado y los distintos grupos de la sociedad se encuentran en tensión permanente. Existen algunos atisbos que permiten cuestionar el componente nacional-popular de la 4T. Algunos de ellos son la ausencia de incentivos a la movilización política de sectores de la sociedad, la convivencia pacífica en términos de recaudación fiscal con los sectores sociales más acaudalados o la negativa a asumir una retórica “anti imperialista”. Aunque es pronto para dictaminar un acontecimiento que se encuentra ocurriendo, existen tensiones y contradicciones suficientes que indican un ejercicio nuevo en la vida política del país, cruzado entre la inercia neoliberal y la tradición “nacional-popular”.

El encuentro entre el actual gobierno y la perspectiva comunista persistente en algunas figuras, situación que abre un campo de estudio para pensar el legado de esa cultura política en el siglo XXI. En Europa, lugar donde esta ideología nació, el comunismo no ha tenido la mejor prensa y después de 1989 se ha llegado a los extremos de confundirle con su antagonista fascista o bien, abiertamente prohibirlo o criminalizarlo, como lo prueba la “Resolución sobre la importancia de la memoria histórica europea” que el Parlamento Europeo aprobó en 2019. Este tipo de decisiones expresan una voluntad política de equiparar nazismo y comunismo. Si esta es una veta importante, convive también con los estudios del campo de la izquierda en donde la forma más común de afrontar el destino del comunismo en el mundo ha sido la que se caracteriza como la “melancolía”. En un trabajo recientemente traducido, el historiador Enzo Traverso ha argumentado que después de 1989 la memoria construida en torno del marxismo y del comunismo se ha visto seriamente afectada, pasando de un recuento de experiencias épicas y de derrotas transitorias a un sentido pleno de orfandad, pues colocaba en el banquillo de los acusados “la historia del comunismo y de la tradición marxista en su conjunto” (Traverso, 2018, p. 375). El fracaso que significó el año 1989 para el socialismo no hace parte de esos otros momentos de derrota que configuraban una memoria militante heroica, la que apostaba siempre por un luminoso futuro. La “melancolía” define una nueva subjetividad atravesada por la crisis del marxismo como teoría social totalizante (es decir, capaz de hacer inteligible el mundo), la de la estrategia revolucionaria iniciada en 1917 (es decir, capaz de conquistar el poder) y, sobre todo, la transformación socio-cultural y material de la clase trabajadora, la cual ya no se parece en nada a la idealizada por el socialismo (es decir, la existencia de un sujeto capaz de realizar un proyecto histórico que se le asigna desde afuera). Esta reconfiguración habría arrojado a los antiguos militantes comunistas al desamparo. Así, sin cobijo y ante el fin de las certezas, el comunismo se encontraría deambulando, tratando de recuperar la memoria de las luchas aun cuando el sentido articulador de ellas se encuentra desaparecido.

Si bien es cierto que lo que Traverso escribe podría ser pensando para la vertiente comunista en Europa occidental -italiana, francesa y quizá española- y tomando en cuenta los múltiples y no simplificados sentidos que adquiere el recuerdo en las sociedades del este europeo, más cercano al de nostalgia (Matos Franco, 2018), para el caso de América Latina -a quien Traverso dedica, literalmente, un par de páginas dispersas- la situación es distinta. Y esto es así por al menos dos razones. La primera es que a la derrota de 1989 del proyecto político asociado a la revolución rusa no siguió, en América Latina, una recomposición unidimensional de las izquierdas, sino más bien, un resurgimiento de una resistencia no “melancólica”. Una década después de la caída del Muro de Berlín, la situación en el continente ya comenzaba a cambiar en el sentido de la emergencia de nuevas izquierdas que echaban mano de otras estrategias, como lo era el autonomismo zapatista o la versión de una amplia alianza electoral anti neoliberal, como en el caso de Hugo Chávez. La segunda es que la memoria de la militancia latinoamericana nunca fue exclusivamente comunista y en más de un país quizá esta fue minoritaria, pues convivió y pugnó espacio con otras múltiples formas, las más importantes, ni duda cabe, fueron los “indianismos” en las zonas con presencia indígena fuerte y en otras los proyectos nacional-populares (o dimensiones híbridas de ambas) en sociedades con alto desarrollo industrial. Esto por supuesto no implica que ella no exista o que tuviera peso en determinados momentos de las historias locales.

Para el caso de México estos argumentos se pueden profundizar aún más, pues el trayecto histórico de la organización nacida bajo el influjo de la revolución de octubre vio su vida transformada a los 61 años. Y es que, la disolución del PCM y la fusión de varias organizaciones en el Partido Socialista Unificado de México (PSUM) distanció a los elementos del comunismo del momento de quiebre de 1989. Para cuando las losas del Muro de Berlín caían en 1989 o la bandera soviética dejaba de ondear en 1991, el comunismo mexicano había atravesado ya dos grandes etapas, la de su disolución y la de su reencuentro con el movimiento nacional-popular. Hay que profundizar en estas cuestiones. Una primera etapa es la que culmina en 1981 cuando el PCM decide fusionarse con otras organizaciones y dar nacimiento al PSUM (Modonesi, 2003). Gran parte de las conquistas teóricas y de la modernización ideológica (Illades, 2017) de la década de 1970, se conservaron en ese espacio político, lo cual causó fricciones con las corrientes más “ortodoxas”. Cuando se habla de una modernización política se refiere, específicamente, a un conjunto de perspectivas que, no sin problemas, el PCM adoptó con claridad en su XIX Congreso (Concheiro y Payán, 2014, pp. 441-477). Desde la “maternidad voluntaria”, hasta la construcción de una organización en defensa de los derechos de la niñez, así como las perspectivas de autonomía indígena o bien los elementos amparados bajo el ecologismo y la libertad sexual, irrumpieron dramáticamente en la vida del comunismo mexicano, configurando una política con una ideología que hoy podríamos llamar de “avanzada” para su época.

La perspectiva democrática como vía adecuada para proponer una “nueva revolución” fue adoptada en la década de 1960 por el PCM, teniendo como momentos clave la participación electoral de 1964, el movimiento estudiantil-popular de 1968 y la condena a la invasión de Checoslovaquia por parte de las tropas del Pacto de Varsovia. Esta perspectiva democrática se refinó y profundizó durante los siguientes lustros, cuando a nivel mundial surgieron mayores discrepancias con elementos de la cultura política comunista asociada al autoritarismo, particularmente en las iniciativas sostenidas por tres organizaciones de Europa occidental. Ello no debe confundirse con que el PCM fue un partido “Eurocomunista”, pues esta corriente tenía el franco propósito de ocupar un lugar junto a las tendencias del centro político. Es el caso del Partido Comunista Italiano, desde donde se formularon las líneas estrategias generales del “eurocomunismo”, se pretendió un acercamiento a la Democracia Cristiana y sus bases. En cambio, el PCM de esta época nunca se perfiló como un aliado del Partido Acción Nacional, ni con sectores del Partido Revolucionario Institucional. La creación del PSUM respondió a una lógica de alianzas con otras vertientes socialistas, sosteniendo un proyecto democrático, que finalmente sacó a la izquierda de su pequeño núcleo de acción. Si bien la mayor parte de los autores suelen referir el fin de la vida del PCM a sus 61 años de edad, es plausible sostener que gran parte del espíritu del PSUM se encontraba en consonancia con los últimos años de la organización comunista, particularmente la campaña de Arnoldo Martínez Verdugo en 1982 es una extensión de la visión programática del PCM. El nombre cambió, desapareciendo el epíteto de “comunista”, no así la hoz y el martillo que se conservaron, ni la idea programática de que el socialismo sólo podía ser construido por la vía de la ampliación de la democracia.

El segundo momento de quiebre, previa a los sucesos mundiales de 1989-1991 es el ascenso de la corriente nacional-popular, asociada bajo el nombre de Cárdenas. De tal manera que 50 años después de las grandes movilizaciones de 1938 llevadas a cabo en torno a la expropiación petrolera, el apellido de Cárdenas volvía a resonar en amplios sectores de la sociedad. Hasta los que plantean una visión más escéptica el día de hoy de aquel momento de quiebre, reconocen la avalancha que significó el “neo-cardenismo” (Anguiano, 2019). Y es que el proyecto nacional-popular que se construyó hacia la segunda mitad de la década de 1930 contó entre sus aliados principales a los comunistas; prefigurando una relación que se relanzaría en los primeros años de la década de 1960 con el efímero Movimiento de Liberación Nacional y que sería motivo de otro recuento en la década de 1980. Para este último momento los comunistas no sólo se encontraban plenamente comprometidos con la perspectiva democrática, sino que habían fundado dos organizaciones más, distintas al PSUM, el aún más efímero Partido Mexicano Socialista (PMS), que llevó a otro viejo cardenista, Heberto Castillo, a la candidatura presidencial, a la que finalmente terminaría renunciando en favor del hijo del general.

Todo este recuente y cúmulo de datos sirve para asentar aquí que la relación entre la 4T y la memoria del comunismo mexicano transita por caminos diversos, todos ellos nos alejan, por distintas razones, de la hipótesis de la melancolía. Lo que parece existir, por el contrario, es una alianza entre el proyecto nacional-popular encabezado por López Obrador y una parte significativa de la antigua militancia comunista, que vio desaparecer sus símbolos, nombres y no pocos referentes, pero que ello no significó la desaparición de su componente principal, adquirió en el proceso de modernización ideológica: la pretensión de la democratización de la relación del Estado con la sociedad. Esta alianza no es rara en la historia, pues ocurrió en las décadas de los treinta, de los sesentas y de los ochenta, cada una con su propia especificidad. Sin embargo, sólo en este periodo se ha tejido como una “contra-memoria”, es decir, un colocar el transcurso de los hechos en una línea específica de interpretación. Dicha “contra-memoria” como se ha señalado, permite visualizar líneas de continuidad entre una trayectoria política que quedó ensombrecida y un momento muy especial de emergencia de una fuerza social que culminó con un nuevo gobierno. Cabe aclarar que cuando decimos que existe esta alianza entre quienes hicieron parte del PCM en la última etapa de su vida y el actual gobierno, esto no quiere decir ni que sea la alianza más importante, ni que esté exenta de conflictos y contradicciones. Antes bien, con el concepto de “contra-memoria” señalamos su carácter subalterno, que solo en ocasiones especiales -como lo fue la celebración del centenario y en el traslado de los restos de Campa- asoma plenamente en el espacio público.

La historia del PCM es un campo en construcción y, en gran medida, la puesta en escena de esta alianza entre aquella militancia y el sentido del comunismo en sus últimos años con el gobierno de la 4T ha colocado una forma interpretativa como la más significativa. Esta encuentra su antecedente en el desarrollo que hiciera Martínez Verdugo en PCM: trayectorias y perspectivas y que se profundizó en el trabajo colectivo Historia del comunismo en México, estos textos fueron escritos no por profesionales de la historia, sino por militantes. El primero documento es un balance de coyuntura, pero también de hipótesis de lectura histórica, en donde queda anclado 1919 como el año del nacimiento, la década de 1920 como la de crecimiento entre los trabajadores del petróleo, el ferrocarril, los inquilinos y el movimiento campesino. El Maximato coincide con la política de “Clase contra clase”, pero esta no es aplicada a raja tabla, existiendo múltiples matices. Después, la década de 1930 es de intenso crecimiento, desconfiando primero y después acompañando el fenómeno político representado por Lázaro Cárdenas. Martínez Verdugo relee las décadas de 1940 y 1950, con el ascenso de Dionisio Encina y la intromisión de la Internacional Comunista en la expulsión de Campa y Hernán Laborde, como los de la crisis ideológica que plegó al partido a la “ideología de la revolución mexicana”. Esta concluiría hacia finales de la década de los 50, cuando se logre el recambio de la dirección partidaria y la posterior crítica de dicha ideología.

La década de 1960 encuentra al comunismo en la encrucijada de recomponer un proyecto en clave democrática en un momento de represión, que lleva a franjas de la juventud hacia la lucha armada, a pesar de tener procedencias sociales y políticas diversas (Glockner, 2019). El PCM no cesa en intentar abrir espacios o resquicios en donde alzar su propuesta, siendo el lanzamiento de la candidatura de Ramón Danzós Palomino por el Frente Electoral del Pueblo una experiencia organizativa muy significativa, pues permitió a la organización vincularse a numerosos sectores sociales (Fuente, 2016); en tanto que el lado autoritario del régimen político quedó signado con el asesinato del también militante del PCM Rubén Jaramillo en el sexenio de Adolfo López Mateos, figura clave que conectaba la experiencia cardenista con las nuevas formas de lucha (Padilla, 2015). Hacia finales de la década de 1960, el movimiento estudiantil vuelve a colocar a los comunistas en el centro de la discusión, al ser ellos uno de los principales objetos de la represión estatal, pero al jugar un papel que aún está por discernirse en toda su amplitud dentro del movimiento. Lo cierto es que, más allá de las críticas lanzadas por integrantes del Consejo Nacional de Huelga al PCM (González,1986, p.18 y Álvarez, 2002, p.133), este siempre consideró al movimiento estudiantil del 68 como un gran ejemplo del camino democrático, al tiempo que rechazaba el “vanguardismo” o ser considerados como “jóvenes o maestros” (Martínez Verdugo, 1969, p. 13). Rompiendo las formas “jerarquizadas del recuerdo” (Draper, 2018, p. 28) monopolizada por versiones adversas al PCM, en tiempos recientes se ha podido escuchar la voz de algunos de sus protagonistas (Martínez Nateras, 2013; Simón, 2013; Ortega, 2018).

2019: el comunismo mexicano en el debate público

El arribo del gobierno de AMLO, y con él de un proyecto multidimensional bautizado como la 4T, sentó la posibilidad de que el centenario comunista circulara más allá de los ex militantes de aquella organización. Un conjunto amplio y diverso de posicionamiento se expresaron en torno a la conmemoración. Como pocas ocasiones, la historia política reciente ocupaba un espacio en el debate público, es decir, no sólo se quedó en recintos especializados y se instaló como un motivo de discusión.

¿Qué elementos pueden ser considerados dentro de este debate público en torno al comunismo? El balance que presento se alzará sobre algunos de los acontecimientos más significativos. El primero de ellos es la presencia de diversas publicaciones que, de manera decidida, se volcaron a discutir el tema del comunismo. El segundo refiere a las discusiones entre estudioso o entre militantes que fueron convocados en distintos espacios. Finalmente, la presencia gráfica o visual del comunismo, que se expresó en diversos espacios de confluencia cultural en la Ciudad de México.

Al menos tres revistas plantearon el horizonte de manera abierta y amplia en sus ediciones. Analizaré sus planteamientos, para después pasar a otros medios impresos en los que es detectable la presencia de esta discusión sobre el sentido del comunismo. Las revistas a las que se hace referencia son Memoria, dirigida por Elvira Concheiro; La Zurda, encabezada por Alejandro Encinas; y Voz y Voto, cuyo fundador es Jorge Alcocer. Memoria es una revista con más de 30 años de existencia, fundada como Boletín del Centro de Estudios del Movimiento Obrero y Socialista, espacio que resguarda la mayor parte del acervo del PCM que se puede consultar en México, fue una iniciativa de Martínez Verdugo en el año 1983. Su actual directora, además de ex militante comunista es una académica especializada en la obra de Marx. En la revista Memoria2 se presentó un dossier dedicado al centenario comunista. La revista recogió numerosas experiencias, algunas más conocidas al haber sido repasadas por la historiografía y otras como novedad. Así, por ejemplo, Verónica Oikión (2019) presentó un panorama de las mujeres comunistas, Carlos Gómez (2019) escribió sobre la Central Sindical Unitaria de México, Juan de la Fuente (2019) sobre el Frente Electoral del Pueblo, Enrique Semo (2019b) habló de tres dirigentes comunistas, se hizo referencia también al primer municipio gobernado por el PCM en Guerrero y al significado de la aparición de la revista Historia y Sociedad, por mencionar solo algunos de los temas. En el texto de apertura Elvira Concheiro (2019b) hizo un repaso global de los tres momentos: el nacimiento como corriente autónoma, la institucionalización de la revolución en la época del marxismo dogmático y la renovación. Es en este último periodo, a partir de la década de 1960 que se encuentra la parte central, pues en ella se insistió “en el vínculo dialéctico entre la lucha democrática y la construcción de un camino al socialismo” (Concheiro, 2019, p. 13). Sostener una perspectiva democrática después de 1968 parecía un contrasentido, pues todo indicaba el inicio de una mayor escalada represiva, sin embargo, aquel movimiento fue un punto de quiebre: “A partir de esta experiencia, los comunistas redoblaron su convicción democrática, aunque el debate estratégico respecto a los caminos de la transformación fue intenso, sobre todo a partir de la escisión de algunos grupos de la juventud comunista que optaron por la lucha armada. Abrir paso a una política democrática sin condenar la lucha guerrillera fue un difícil arte que supo desplegar el PCM a partir de un debate franco y profundo acerca de las formas de lucha y las estrategias del cambio” (Concheiro, 2019, p. 14).

La segunda intervención de Encinas (2020) en la revista La Zurda3, de igual forma realizada en un tono reivindicativo, particularmente de la experiencia de los últimos años de vida. En La Zurda el papel de lo histórico disminuye relativamente -a diferencia de Memoria, donde sí hay un rastreo de los primeros años de vida- y se concentra gran parte de la reflexión en las últimas dos décadas de vida del PCM. Por ejemplo, Marco Leonel Posada (2020) presentó un repaso sintético de las actividades y el papel de la Juventud Comunista, organización sobre la cual no existen muchos estudios y que jugó un rol importante en el movimiento estudiantil desde antes de 1968, y también en la contención de la fuga de cuadros hacia la lucha armada en los setenta. En tanto que Enrique Semo (2020) realizó un ejercicio de elogio a las figuras de Campa y Martínez Verdugo. La pauta interpretativa, sin embargo, la dio el propio Encinas, quien escribió en su breve texto de introducción: “No puede eludirse en la historia del país el papel del PCM y sus contribuciones para alcanzar una transición que ha permitido la conformación de la nueva mayoría que hoy se encuentra al frente del país” (Encinas, 2020, p. 3).

Finalmente, la revista académica Voz y Voto4 presentó una reflexión política sobre el centenario, recuperó viejos artículos de connotados dirigentes comunistas, tales como Martínez Verdugo (2019) y Semo (2019c); pero los acompañó de otros autores Carlos Monsiváis (2019), Carlos Castillo Peraza (2019), Amalia García (2019), Jorge Alcocer (2019), Araceli Burguete (2019) y Humberto Mussachio (2019). La mayor parte de ellos son recuperados de una publicación del año 1992 y otros fueron escritos para este número. Martínez Verdugo, Semo, Monsivaís y Castillo Peraza reflexionaron sobre distintos tópicos tras la caída del “socialismo real”. Destaca la conclusión de Martínez Verdugo, quien ya en esos momentos asumía que la caída del socialismo no afectaba de manera igual a las izquierdas, pues en América Latina ellas se habían comprometido en una lucha más amplia, que buscaba lograr objetivos democráticos. Mussachio, por ejemplo, remite a que cuando el PCM se disolvió “gozaba de cabal salud”, reivindicando las transformaciones acontecidas al interior de la organización y destacando el papel de Martínez Verdugo como el gran promotor de la unidad y la renovación. La investigadora Burguete hace una breve reseña de la biografía de Margarito Montes, un militante comunista chiapaneco con fuerte presencia en la organización indígena de la región Por su parte, el fundador de la revista, rememora los pasos oficiales y privados por los cuales se llegó a la propuesta de la disolución del PCM. Alcocer, delegado del XX Congreso que votó aquella histórica resolución, destaca la figura de Martínez Verdugo, las triquiñuelas que se jugaban entre los aparatos de las diversas organizaciones convocadas en el proceso de unidad y el cómo Rolando Cordera propuso mantener la hoz y el martillo en el logo de la naciente organización, como homenaje a la trayectoria del partido que dejaba su nombre y su registro electoral en aras de la unidad. “Quizá, aunque él no lo sepa, la victoria de Andrés Manuel López Obrador en julio de 2018 tiene su raíz en el XX Congreso del PCM, que este 24 de noviembre habría cumplido cien años” (Alcocer, 2019a, p. 38).

Junto a estas tres revistas, es preciso mencionar al semanario Proceso5, reconocida publicación de análisis político. La separamos al no ser una revista producto de una iniciativa de ex militantes, como las anteriores, sino que además abre el espacio para reflexionar sobre lo aparecido en distintos medios como parte de una reflexión pública. En el número 2247 se incluyen textos de Jorge Alcocer (2019b), Pablo Gómez, José Gil Olmos (2019), Elías Chávez y José Raúl Linares. El tono que acompaña los textos de Alcocer y Gómez es similar: entre el relato personal que rememora la vivencia de un tiempo y la reflexión del contenido del significado de la ideología comunista en su especificidad en México. Alonso hace un esfuerzo de síntesis de toda la vida del PCM y destaca, como es lógico, los años de Martínez Verdugo, aquí dando un espacio más amplio a la separación con respecto a la URSS, pero también a la preparación política de los dirigentes comunistas que llegaron a la Cámara de Diputados en 1979. Gómez, expreso político tras los acontecimientos de 1968, destaca sobre todo la vida del partido a partir de esa década, deteniéndose el movimiento estudiantil y sus consecuencias. El texto de Gil Olmos relata la forma en que el Consejo Consultivo de la Secretaría de Gobernación justificó el traslado de los restos de Campa al Panteón Dolores, otorgando un perfil del dirigente sindical. Elías Chávez repasa las polémicas en torno a Diego Rivera. El de José Raúl Linares basado en una revisión realizada en el Centro de Estudios del Movimiento Obrero y Socialista (CEMOS) y en una entrevista a Marco Leonel Posadas, expone cómo la “democracia fue la última utopía del comunismo” (Linares, 2019, p. 20), es decir, concentrándose en los acontecimientos y posicionamientos que llevaron a la Reforma Política.

Finalmente, en el tema de los principales insumos para el debate público, no podemos dejar de señalar las múltiples notas y columnas. Siendo la más representativa la del periódico La Jornada6 que dedicó varias planas al centenario. El sábado 23 de noviembre, este diario dio espacio a un conjunto de notas que referían a la disputa por el sentido de la historia y la importancia del CEMOS en esa labor y el domingo a ensayos interpretativos de los primeros años, destacando el del periodista Luis Hernández Navarro sobre Bertram Wolf (2019). Entre las notas y columnas destacamos algunas que son representativas, por ejemplo, la del 12 de noviembre en donde se entrevista a Semo (2019a) quien asegura que no se puede vivir en el pasado y que la cuestión que afronta el país y la izquierda es abatir la desigualdad. En un tono similar escribió Joel Ortega Juárez (2019) en Milenio, criticando cualquier intento de volver el centenario un acto nostálgico. El cubano-mexicano Rafael Rojas (2019) abrevó en La Razón de la experiencia de lo comunista en los primeros años y cuestionó su continuidad a lo largo de sus años de vida, pues él interpreta que ese “primer bolchevismo” fue negado a lo largo de las siguientes décadas. Encinas (2019a) en El Universal señaló que el centenario debe permitir la reflexión “sin nostalgia ni mezquindad”. Así mismo, el portal de Proceso dedicó una nota extensa al acto celebrado en el Teatro del Pueblo, en donde se congregaron cientos de ex militantes, destacando las consigas de actualidad, como por ejemplo, el pedido de justicia.

Algunas otras notas periodísticas aprovecharon los eventos académicos que se realizaron. Fue el caso de la reunión en la Academia Mexicana de la Historia, cuyo organizador fue Carlos Illades, quien planeó un conjunto de sesiones que dan cuenta de los primeros años del comunismo y que fue retomada por La Jornada (Martínez Torrijos, 2019). Un caso similar ocurrió con el evento organizado en Michoacán por la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, que también generó notas periodísticas locales y que destacó por ser el único organizado con una convocatoria abierta.7 El Instituto Nacional de Estudio de las Revoluciones y la Facultad de Economía también organizaron un evento de manera conjunta, sin expresar grandes divergencias con los otros eventos. Sin embargo, el caso más sonado fue el del Colegio Nacional, cuyo evento fue organizado por Diego Valadez y que tuvo, entre otros invitados a Semo, Anna Rivera Carbó, Daniela Spencer, María Marván y Luciano Concheiro. Un fragmento del discurso del sub-secretario de educación superior fue retomado y colocado en los medios de comunicación con un cierto tono alarmista (Pavón, 2019). Y es que, Concheiro, ex militante comunista, defendió la pertinencia de esta perspectiva dentro de los marcos de la 4T.

A la serie de documentos escritos, siguió también la producción de algunos materiales audio-visuales. La revista Memoria elaboró un conjunto de entrevistas: Elvira Concheiro hizo un balance general de la vida del PCM; Luciano Concheiro reivindicó el papel la concepción agraria y colocó la vinculación con la 4T; el joven historiador Sebastián Rivera Mir habló de las editoriales que en la década de los 30 hicieron posible la circulación de literatura marxista; Juan de la Fuente disertó sobre el Frente Electoral del Pueblo y la Central Campesina Independiente del año 64; la historiadora Gabriela Pulido Llano tocó el tema del exilio del cubano Julio Antonio Mella y Cristina Gómez sobre el papel de la Juventud Comunista en 1968. Una parte del espectro cubierto por las entrevistas ya había sido integrado en la edición especial de la revista, añadiéndose algunos temas sugerentes. Por su parte, el canal 11 emitió el documental: “Historia es presente. Valentín Campa y Arnoldo Martínez, pioneros de la apertura”, que recorre la historia de ambos dirigentes, centrando el tema de la democracia. Los testimonios del documental son muy variados, se encuentran las voces de Elvira Concheiro en tanto especialista de la historia del marxismo, los testimonios familiares como el caso de la “Chata” Campa, su hija, también militante como el líder de la Juventud Marco Leonel Posadas y entrevistas hechas en décadas pasadas a los protagonistas. Finalmente, TeleSur, la cadena de noticias regional fundada en Venezuela en su programa “A Contracorriente”, conducido por Luis Hernández Navarro sostuvo algunas entrevistas sobre el centenario comunista.

Finalmente, de entre los elementos que componen el contenido de lo que hemos delineado como “contra-memoria” es de destacarse las tres exposiciones artísticas que se realizaron en la Ciudad de México. Estas, configuran, de hecho, el lugar más visitado en torno a la historia del comunismo en México. Nos referimos a la alianza tan poderosa que se formó entre los artistas o trabajadores gráficos y las organizaciones de izquierda en la pos-revolución. Esta es una temática que suele estar asociada al PCM en la medida en que la presencia de pintores y grabadores fue fundamental, sin embargo, excede a esa organización. La más importante, por el tamaño y la curaduría, fue la que tuvo lugar en el Museo Gráfico de la Estampa con apoyo del CEMOS. Un lugar que ya en ocasiones anteriores había expuesto experiencias como el Taller de la Gráfica Popular. Con un eminente sentido totalizador, la exposición “La célula gráfica: artistas revolucionarios en México” curada por Ana Carolina Abad, mostró los múltiples rostros de la alianza tejida entre los trabajadores gráficos y las ideas de izquierda, destacando su papel como ilustradores de El Machete, su trabajo como productores de carteles para mítines y, por supuesto, los vínculos tanto con el comunismo de corte soviético, como con el nacionalismo-popular. La segunda, fue la que tuvo lugar en San Ildefonso, con la característica de que no se expuso en el interior del recinto, sino en la calle aledaña. Curada por Renato González Melo, esta exposición contó con el apoyo de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), del CEMOS y de la Secretaria de Cultura del Gobierno de la Ciudad de México. El curador, reconocido especialista en las relaciones entre arte y política, seleccionó un conjunto de carteles y grabados que dan cuenta de la politización de los trabajadores gráficos, mostrando su adhesión tanto a los valores universales -expresados en el comunismo- como a los del nacionalismo-popular, pero también de otros elementos en donde ambas perspectivas convergieron, como la lucha contra el fascismo. Finalmente, la Secretaría de Cultura de la Ciudad de México y el CEMOS montaron en las “Rejas” del Paseo de la Reforma, ubicadas a la altura de Chapultepec, la exposición “100 años del comunismo en México”. El título perfila la historia de aquella experiencia como una aún viva y aunque echó mano de algunos recursos gráficos, optó, centralmente, por la fotografía. La vida del PCM quedó registrada en la galería más visitada del país, desde su fundación hasta su disolución. Como es de suponerse, destacó los momentos épicos del comunismo: su papel en la formación de sindicatos, los presos políticos, las movilizaciones estudiantiles y las experiencias de movilización electoral.

Entre la academia y la militancia

La historia de la izquierda mexicana ha tomado numerosos caminos en su desarrollo. Entre esta marea que se compone de historia de partidos, movimientos, guerrillas e ideas, la del PCM ocupa un lugar central. Sin embargo, contrario a lo que podría suponerse, el aniversario del centenario no generó más obras globales sobre la historia del comunismo, como lo fue en su momento la obra de Barry Carr (1996), referente indiscutible, tanto por su planteamiento de periodización, como por la amplitud de fuentes que utilizó en un periodo en que existían aun documentos de difícil acceso, incluidas las resoluciones de los congresos. En este horizonte de historicidad destacaremos dos perspectivas, la de la academia y la del activismo político, que en los últimos años han aportado elementos para enriquecer la perspectiva que se tiene.

En este apartado sólo nos referiremos a las obras aparecidas en el lustro previo al centenario comunista, pues ello permite tener una visión de lo publicado en tiempos más recientes, tomando en cuenta que este campo ha tenido un importante crecimiento. Entre los más importantes aportes de los últimos años tenemos que comenzar con la reedición de Bolcheviques de Paco Ignacio Taibo II (2019). Se trata de una versión mejorada, en la medida en que tiene un estilo mucho más literario, de fácil lectura y se encuentra depurada de referencias. El propio Taibo II hizo mención de estos cambios en la entrevista que Luis Hernández Navarro le hizo en TeleSur. El marco temporal es el de los primeros años de vida del PCM, por lo cual se encuentra en una estela muy recurrida por los historiadores. Otro libro que se ocupó de ese periodo inicial de vida del comunismo es el de Irving Reynoso (2018), quién pasó revista de la cuestión agraria, mostrando que desde su nacimiento e incluso con la adopción de la política de “clase contra clase” el PCM siempre pretendió traducir las directrices de la Internacional Comunista (IC) a las condiciones del país. Afincado en una perspectiva de reivindicación de la historia de las mujeres comunistas, la reconocida historiadora Verónica Oikión (2018) publicó la biografía de la “Cuca García”, una importante dirigente comunista que se hizo presente desde la década de los 20 y siguió su propio curso de militancia tras la crisis del PCM en 1940, en este caso se abre la perspectiva -aún muy débil para el caso de las izquierdas- de inclusión de la perspectiva de género, que devela la presencia constante de las mujeres en la construcción de un universo discursivo que se encontraba en minoría, pues resistía las inercias sociales y las propias de una organización política mayoritariamente masculina. El diccionario biográfico de Óscar de Pablo (2018), es otro insumo útil para comprender la vida del PCM a partir de distintas personalidades, aunque su aparición generó una dura crítica por parte de dos historiadores rusos, quien le cuestiona sobre numerosos datos, así como una cuestión de fondo: “Parece obvio que varias de las biografías no fueron fruto de investigaciones del autor en los archivos, sino que se basaron en trabajos publicados previamente; sin embargo, varios de ellos no fueron mencionados” (Jeifets y Jeifets, 2019, p.5). Es pertinente notar que Jeifets y Jeifets (2017), quienes critican el trabajo anteriormente señalado, realizaron un esfuerzo monumental haciendo un registro muy amplio sobre la base de los archivos desclasificados, de los cuadros de la IC.

Por su parte, es notoria la debilidad de estudios sobre las décadas de los 40 y 50 entre los investigadores académicos. En lo más sobresaliente se encuentra un texto del historiador Horacio Crespo, quien reconstruye la consigna de la “paz” que adoptaron los PC´s en el mundo y su concreción en México, señalando las contradicciones operativas de la línea lanzada desde Moscú en el momento de un incremento de la represión. En cambio, hacia las década de 1960 y 1970 la afluencia de literatura es más amplia. Aunque un poco más distante en su fecha de aparición el trabajo de Juan de la Fuente (2016) abrió un camino para pensar la política comunista previa a 1968, en lo que respecta a la perspectiva democrática que supuso la emergencia de la Central Campesina Independiente y el Frente Electoral del Pueblo en 1964. Por su parte, el movimiento estudiantil ha merecido algunos trabajos, que, como señalamos antes, rompieron la “jerarquía de la memoria” impulsada desde figuras claves del Comité Nacional de Huelga (CNH), así Joel Ortega (2018) siguió la estela abierta por Martínez Nateras (2013). Del mismo periodo destaca Gloria Tirado Villegas (2018) sobre la vida y militancia de María Fernanda Campa Uranga, mejor conocida como “La Chata”, nutriendo tanto la historia oral como fuente, así como una perspectiva de género en el estudio de las militantes.

Mención aparte merecen los trabajos de Illades (2017, 2018 y 2019), quien produjo en los últimos años un conjunto de obras significativas alrededor de los mundos de las izquierdas. El primero que debemos mencionar es el trabajo colectivo titulado Camaradas: nueva historia del comunismo en México (2017), en el que recoge una serie de ensayos que abarcan desde la presencia del militante internacionalista Manabendra Nath Roy en la fundación del PCM, hasta temas más recurrentes en la historiografía como la presencia campesina o el papel de las publicaciones en el horizonte militante. Convocando a un conjunto variado de especialistas, Illades entregó más que “una nueva historia”, una constelación significativa de momentos del comunismo en México. En la línea trabajada por él, se encuentra además su trabajo El marxismo en México (2018) que aborda, entre otra gama de problemáticas, el proceso de renovación teórica al interior del PCM. Finalmente, esa renovación se expresó también en el ámbito de la concepción política, como el mismo Illades siguió en su historia de la izquierda en México (2019).

Este breve recuento de obras que considero significativas, tanto por su forma de trabajo como sus periodos de estudio, permiten sostener que el trabajo académico en los últimos años ha crecido de manera desigual. Concentrándose claramente en los primeros años de vida del PCM y hasta la conquista de su máxima influencia en el cardenismo y dando un salto hacia la coyuntura que gira en torno al movimiento estudiantil o bien al de la reforma política. Sin embargo, dos novedades editoriales rompen con esta tendencia. Se trata de publicaciones en forma de auto biografía de dos personajes marginales a esta tendencia que hemos venido señalando. Por un lado, la aparición de La vida de un comunista de Miguel Ángel “el ratón” Velasco (2019), y de la compilación de documentos de Camilo Chávez Melgoza (2019)

Ambos testimonios de militantes comunistas poseen algunas características en común, aunque se trata de perspectivas en las antípodas. La autobiografía del “ratón” Velasco fue publicada por una organización que asume el nombre de Partido Comunista de México (PCdM), en tanto que la de Chávez fue publicada por el Partido Comunista de México “marxista-leninista-maoísta en Reconstitución (PCM (r))”. Ambas organizaciones hacen parte de la estela de grupos que asumen el nombre de PCM y reclaman cierto legado con la historia que se ha venido señalando aquí. Otra característica que tienen es que fueron publicadas fuera de circuitos comerciales, de manera artesanal y con muchas erratas en su edición. Se trata de ediciones hechas de militantes para militantes y en ese sentido de testimonios de ciertos posicionamientos políticos. Ambos grupos dedicaron algunas notas en sus periódicos a la crítica de la relación entre la 4T y la celebración del centenario, alguna de ellas se refirió despectivamente de los actos como “premio a los obedientes”. El llamado PCM (r), además, dedicó dos ediciones de su revista Bandera Roja a discutir y plantear su posicionamiento sobre la historia del PCM, notándose un énfasis en las primeras cuatro décadas de vida de la organización. Así, los números 109, 110 y 112 correspondientes a agosto y noviembre de 2019 y a mayo de 2020, respectivamente, llevaron en sus portadas los títulos “Rumbo al Centenario del Partido Comunista de México”, “Viva el Centenario del Partido Comunista de México”, en tanto que el número del año 2020 dedicó un largo artículo titulado “Pronunciamiento sobre Arnoldo Martínez Verdugo cabeza del revisionismo en México”. La perspectiva crítica en torno al último secretario general es una señal de identidad de los grupos que impulsaron la edición de los trabajos autobiográficos de Velasco y Chávez.

Vale la pena detenerse en cada una de estas publicaciones y destacar su importancia, pues más allá de los grupos que las impulsaron, se trata de documentos significativos. La autobiografía del “ratón” Velasco es muy importante, pues su trayectoria expresa una vereda, minoritaria, pero presente, que tuvo el comunismo. Velasco ingresó al PCM en la década de los 20 y se destacó por ser un organizador sindical (particularmente en la Central de Trabajadores de México) y campesino en distintas regiones del país. Su trayectoria lo llevó al VII Congreso de la Internacional Comunista, considerado uno de los más importantes pues supuso un cambio de táctica radical. Fue expulsado en 1943 y formó parte del grupo que fundó el Partido Obrero Campesino de México (POCM), una organización creada por ex militantes del PCM, entre ellos los previamente excluidos Campa y Laborde; cabe destacar que en el balance de Velasco el POCM se volvió más influyente que el PCM durante la década de los 50, afirmación que corroboraría la hipótesis de Martínez Verdugo. Tras el regreso de Campa al PCM, un grupo importante de dirigentes del POCM se aliaron a Lombardo Toledano y al Partido Popular Socialista, a la muerte del legendario líder reformista, la situación se volvió más complicada al interior de ese organismo, saliendo finalmente de ese partido y fundado el Movimiento de Unidad y Acción Socialista (MAUS) que se incorporó al PSUM. Como puede mostrarse, la vida de Velasco expresa bien el vaivén de un sector de la izquierda mexicana y su autobiografía muestra algunos de los dilemas a los que se enfrentaron los comunistas por fuera del partido. El caso de Chávez es distinto, pues su experiencia sindical en México y Estados Unidos (Jaimes, 2018) era amplia antes de su ingreso al PCM, organización a la que se adhirió en 1951. Según su propio relato, al ser un conocido dirigente sindical minero lo colocó en una posición privilegiada dentro del partido, teniendo cargos de responsabilidad desde el principio. En su escrito autobiográfico, así como en un par de cuestionarios que se incluyen en la compilación, menciona que en su viaje a la URSS en 1962 fue que entró en contacto con la delegación China. Finalmente, Chávez se adhirió a la perspectiva encabezada por Mao-Tse-Tung, lo que le valió ser expulsado en XIV Congreso del PCM de 1963. Una parte significativa de quienes han estudiado el “maoísmo” lo identifican como el iniciador de esa corriente (Hernández, 2011) junto a Edelmiro Maldonado y Tereso González.

Las dos trayectorias son muy significativas para problematizar el posicionamiento que hemos venido haciendo. Sin entrar en una caracterización del tipo de organización políticas que realizaron la publicación de las autobiografías de dos militantes importantes, es preciso señalar que en ambos hay una insistencia en la denuncia del periodo de la década de los años sesenta y setenta. En el caso de Chávez, además, se insiste en los típicos insultos de la época: revisionista, desviación, liquidacionismo, algo propio de una forma política en donde hay una lucha “por la legitimidad” (Tarcus, 1998, p. 32). Si bien esto no es rastreable en la autobiografía del “ratón” Velasco, lo cierto es que se presenta un derrotero que no siguió el camino trazado por Martínez Verdugo. La de Velasco es una experiencia que se aleja de la renovación comunista de inicios de la década de 1960 y plantea una alternativa, aun con Lombardo a la cabeza. El gesto de quienes lo publicaron puede ser interpretado como un señalamiento de que la historia de los comunistas también se encuentra por fuera de aquel trazo que hoy es reconocido por personajes del gobierno. Es decir, ambas autobiografías, impulsadas por grupos militantes que reclaman las siglas del partido histórico del comunismo mexicano abrevan de motivos distintos para plantear alternativas a la historización instalado a partir de las conmemoraciones del centenario.

Conclusiones: “contra-memoria” del comunismo

Sostuvimos al inicio de este texto que interpretamos el conjunto global de conmemoraciones sobre el centenario del PCM como un ejercicio de “contra-memoria”, recorriendo a una categoría usada por Bosteels (2016) que señala con relación a: “ideas, sueños y proyectos” que tuvieron que ser suspendidos y esperar, latentes, hasta poder reaparecer en otros formatos. En detrimento de otras hipótesis como las que circulan alrededor de los conceptos de nostalgia o melancolía. Es ahora pertinente preguntarse, de nuevo, ¿En qué consiste dicho ejercicio de elaboración de una memoria que va en contra de algo más? ¿Qué es ese algo más?

Todos los elementos otorgados anteriormente permiten sostener que se trata de un ejercicio “contra-memoria” en, al menos, tres sentidos. El primero y más importante, es que generó una “narrativa” en torno al comunismo que lo aleja de una forma, muy presente en ciertos espacios europeos y cuya seña de identidad es la criminalización. El comunismo mexicano al que se convocó en 2019 tiene mucho menos que ver con José Stalin y los “crímenes” expuestos por el “libro negro” y más con la lucha por las libertades y la democracia. Es decir, esta “contra-memoria” se ejerce en oposición a la demonización, criminalización o estigmatización que se ha producido en buena parte del mundo occidental. Y no es que el comunismo mexicano no justificara al poder soviético durante un buen trayecto, ni que estuvieran al margen de la cultura política “estalinista” que tocó a buena parte del mundo tras el fin de la II Guerra Mundial, situación que, por lo demás, debería ser reconsiderada al presentarse como un fenómeno extendido entre la intelectualidad de izquierda alrededor del mundo. El PCM hizo parte de ella y se encontraba comprometido, en una época en donde esa forma política era un horizonte de época. Sin embargo, a diferencia de otras experiencias, supo crear distancia, alejarse y criticar, es decir, trazar su propia perspectiva, en donde socialismo y democracia eran elementos contiguos y no contrapuestos. Elementos significativos se encuentran en el rechazo de Campa al asesinato de Trotsky o ser el único partido comunista de la región en condenar la invasión de Praga.

La segunda veta en la que se ejerce una “contra-memoria” es dentro de las coordenadas que vinculan a la izquierda con el Estado. Como es bien reconocido, la estatalidad construida una vez terminada la guerra civil, fue una de las más estables de la región. El comunismo mexicano tuvo que convivir con una forma autoritaria y corporativa de entender la relación entre el Estado y la sociedad, particularmente con las clases subalternas. Ello se expresó en diversas formas, ya fuera en el combate y confrontación directa contra este, como sucedió a finales de la década de los años 20, ya fuera en una lógica de incorporación a los momentos nacional-populares, como en el cardenismo. Las décadas de los años 40 y 50 son las más difíciles, en la medida en que la “ideología de la revolución mexicana” se instala como un motivo de la acción partidaria, al mismo tiempo que se recrudecen los formatos represivos del anticomunismo. La dimensión internacional, además, juega un papel muy relevante y si bien no debe pensarse en una dependencia total de los comunistas a las líneas de Moscú, lo cierto es que los vaivenes internacionales pesaban mucho. Por eso no es casual que la dirección de Dionicio Encina sea removida tras el XX Congreso del partido soviético y la derrota del movimiento ferrocarrilero. La “contra-memoria” que se construyó en el marco de las celebraciones es aquella que destaca la oposición del PCM al régimen autoritario, rehusando a imaginar a los comunistas como dependientes de una ideología autoritaria. De ahí la explicación del énfasis tan importante puesto en el periodo iniciado con Martínez Verdugo: no se trató de una oposición que pretendiera fundar otro autoritarismo, sino justamente de abolir los principales motivos que imponían una estatalidad asfixiante sobre la sociedad civil.

Finalmente, una tercera región en donde se juega la “contra-memoria” es el seno de la propia izquierda. Es bien conocido que entre los críticos al PCM, José Revueltas fue uno de los más importantes. La adopción de las tesis de Revueltas (1980) se ha dado en múltiples contextos y en general, el posicionamiento sería el mismo: el PCM fue un partido burocrático, hecho a imagen y semejanza del soviético, pero dependiente y disminuido frente al poder del Estado pos-revolucionario. Como cualquier otra organización sujeta a la ley de “hierro” (Michels, 2008), el PCM más que lograr sus objetivos, estaría esperando reproducirse en su marginalidad. Esta posición circuló entre los seguidores de Revueltas, pero también encuentra variantes entre los herederos del “espartaquismo”, una parte significativa de los ex integrantes del movimiento de 1968 y de manera mucho más clara en la izquierda trotskista. La “contra-memoria” es más espinosa en este punto, pues la operación que se construye es la de una organización que estuvo dispuesta a desaparecer, al disolverse, renunciando con ello a su propia historia, en aras de un conjunto de proyectos políticos más amplios y que sólo en 2018 lograron alcanzar un punto de quiebre. El “stalinismo chichimeca” (Revueltas, 1980, p.38) como despectivamente calificaba Revueltas, o el cliché de denuncia de una “burocracia” partidaria por parte de los trotskistas serían críticas sin sentido si se coloca como el elemento definitorio el esfuerzo unitario y democrático. En tanto que los balances teóricos demuestran cómo el conjunto de referentes teóricos cambió radicalmente, pasando de las coordenadas del DIA-MAT a una revisión de las ideas dominantes, destacándose, por un lado, la relectura de Lenin, en donde la editorial del partido contribuyó a una edición más íntegra de sus Obras que habían sido cercenadas en su versión publicada en Argentina; por el otro, en la incorporación abierta de la perspectiva de Antonio Gramsci, un dato que sólo recientemente se conoce mejor (Pacheco Chávez, 2020). El balance coloca entonces la ecuación de la siguiente forma: para dejar de ser una secta política -con sus códigos de pureza- y trascender hacia el objetivo -la democratización- había que sacrificar símbolos, nombres, imágenes y en no pocos momentos, también programas. Para muchos de quienes hicieron parte de aquel proceso, y ante los fracasos de la izquierda en 1989, el resultado es claro: era adecuado romper las murallas ideológicas e integrarse a una movilización más amplia de la sociedad, acompañándola y apostando a influir en ella. Más que un sacrificio se trató de una decisión para salir del entorno marginal, el vanguardismo trasnochado y la política testimonial. La herencia roja no es la de hoces y martillos, sino la de combates por la democratización en la construcción del orden social. Parecería al final, que las palabras de Martínez Verdugo enunciadas tras la evaluación del movimiento estudiantil de 1968, resultaron ser el derrotero que llevó a los comunistas a fundirse con otras expresiones: “Porque conocemos la reacción de la secta optamos por dirigirnos a la masa” (Martínez Verdugo, 1969, p. 13).

Notas al pie:
Hemerografía
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Historial:
  • » Recibido: 16/04/2020
  • » Aceptado: 16/07/2020
  • » : 25/03/2021» : 09/2020